VOLVEREMOS A BAILAR JUNTOS


Bailar es un acto revolucionario, sobretodo en esta época de aislamiento y separación física como medidas preventivas y políticas estatales. Es un acto revolucionario en un mundo donde la demanda y el consumo se orientan a los productos tangibles-duraderos y donde el desarrollo de los sujetos está meramente ligado a sus modos de trabajo, así, la danza, el teatro y en general la escena, se convierte en un movimiento que subvierte el orden, y genera nuevas miradas, miradas donde el auto-descubrimiento y la autenticidad de los sujetos, aflora en cada paso, en cada movimiento, en cada boceto dibujado y trazado por la silueta del cuerpo en esa innovadora búsqueda del ritmo, ese mismo ritmo que nos tiene danzando desde casa, como estrategia de la necesaria y activa reinvención, de la inquietud permanente en la que vive el artista.

Ahora, lejos del escenario y del salón de clases, bailamos al ritmo del día a día, uno que otro tutorial o clase impartida por algún maestro, o técnicas inventadas por nuestro ingenio, sin embargo, sabemos que no tiene punto de comparación, el contacto, la mirada, la respiración, el sudor del esfuerzo reflejado en los cuerpos de nuestros compañeros, esto, se ha convertido en la añoranza que más influye en nuestra memoria, y nos invita a seguir soñando y resistiendo.

Sí, extraño el convivio que se crea en la escuela, ese encuentro que se gesta sin intermediaciones tecnológicas y que permite dar vida al sujeto creador que ofrece su ingenio al otro, a los otros, extraño también el salón y sus vidrios empañados a causa del esfuerzo de los bailarines que lo damos todo por ser cada día mejores, extraño todo este diario vivir que como nuestro slogan se convirtió en "un estilo de vida"



(Foto por Paola Piraquive 2019, Memorias clausura AMD 2019)

Ahora ¿qué es eso que impera? El espacio vacío, en ese trágico e incómodo sentido literal. Y me refiero a ese lugar donde se comparten sueños, pasiones y saberes, ese lugar que ahora mismo en su desolación, recuerda lo que transcurrió, y se angustia por su futuro. ¿Emergencia? ¿Abandono? ¿De quién? ¿Del estado? ¿Del alumnado? Pueden surgir muchas preguntas, pero ahora mismo el espacio se declara en crisis, siendo conscientes de que la crisis, es un lapso que nos permite tomar distancia, evaluar, entender y darnos cuenta que a pesar de tener un espacio físico vacío, aún impera el deseo y los sueños de quienes hemos vivido la magia de la danza, y encontramos en ella el placer de imaginar y construir nuestro propio futuro, un futuro donde el color, el movimiento y la armonía se siguen construyendo en cada momento y a pesar de las circunstancias y los lugares, es decir, entender que la danza ahora hace parte de nuestra esencia.

¿Qué nos queda? El pensar que bailar seguirá siendo un acto revolucionario, un acto que promueve procesos de cambio, madurez y felicidad.

No ha pasado mucho, pero este tiempo sin danzar en el salón con el otro, ha sido eterno. A hoy pareciera que tuviésemos un escenario agonizando, un escenario que lucha por sobrevivir, sin embargo, muchos maestros de la capital, invertimos nuestra energía en darle existencia y lugar a esto que le da sentido a nuestras vidas, bailar, sí, desde la ausencia corporal en el salón de clases, desde lugares quizá inadecuados pero que nuestros sueños los convierten en mundos y escenarios posibles, y entender que el espacio es otro pretexto para seguir soñando, más no lo fundamental.



(Foto archivo A.M.D.)

Por eso en A.M.D creemos en el poder transformador de la danza, del arte y la cultura, y bajo esa misma convicción, le apostamos a esta revolución cultural, a través de acciones